
Odio la Navidad. Me resulta extrañamente insoportable. Pero siempre ha sido así. En una semana he pasado por un amotinamiento en Barajas, cancelación de vuelo por temporal, Madrid nevado y autobús destino a mi hogar por fin, de una puta vez, dulce hogar. También he estado en plena Puerta del Sol a día 21 de diciembre a las 12 de la noche intentando conseguir un décimo de lotería, policías agresivos, rumanos, y una reportera cachonda de televisión siempre están presentes en estos emotivos momentos. Cena de navidad, como no, con la gente de clase, en donde siempre hay alguien que claramente se decanta como el verdadero líder espiritual del grupo, en este caso, un republicano con tendencias bisexuales. Muy divertido. Hice dos empanadas. Nochebuena en familia, mi madre en la cocina, mi padre por todos lados...lo de siempre. Mi abuela ha sabido, como siempre, dar un importante impulso a mi economía sumergida. La adoro. Por todos los impulsos. No solo los monetarios. No escuchamos el discurso del Rey, pero a quien coño le importan los discursos. Me he recontrado con una vieja amiga. Bebimos, reímos, bailamos pero no hablamos. También he tenido que dar dos pésames en dos semanas. Uno esperado, retrasado incluso, y que ha servido quizás en los últimos meses, pero ha servido, para acercar a un padre y a un hijo. Más vale tarde que nunca. El otro me vino por sorpresa. Guitarrista con soul, porque no hay otra forma de ser guitarrista. Nunca sabrás cual es tu sonido hasta que no sepas cuales son tus pastillas...no tengo nada más que decir. Excepto que odio la Navidad.

