5 de marzo de 2009

Cenicienta. O personas que te encuentras en un vagón de metro.

Faltaba todavía una hora para cerrar, pero el cosquilleo en las manos ya hacía que le temblara el pulso cuando tenía que servir los últimos cafés. Miraba el reloj, a través del espejo de la pared de enfrente y cada minuto se hacía más largo que el anterior. Los pies le dolían y los ojos se le cerraban, pero eso no impedía que una pequeña sonrisa de nerviosismo se dibujara en su cara cada vez que se volvía después de atender a algún cliente. Recogió los vasos, limpió la cafetera, fregó todas y cada una de las mesas lo más rápido que pudo y se marchó corriendo sin despedirse de su jefe. Mañana ven media hora antes, le dijo secamente, antes de que cerrara la puerta. Ella lo oyó, pero otra vez la sonrisa se dibujó en su cara, esta vez libre mucho más amplia y sincera. Se rió tan alto que resonó en las calles casi vacías. Y siguió resonando en la entrada del metro.
Siguió corriendo hasta que llegó al baño. Allí se quito la camisa sudorosa y los pantalones vaqueros y sacó del bolso un vestido negro de gasa que se puso lentamente mientras se tocaba con suavidad. Sacó unas medias negras y unos zapatos de tacón blancos con un lazo en la parte trasera. Mientras se ponía las medias se dio cuenta de que tenían un carrera y maldijo varias veces antes de bajarse un poco el vestido, que le quedaba un poco por encima de las rodillas. Se pintó los labios de rojo y se mojó el pelo dándole un poco de forma a sus rizos. Se echó rimel, y se puso un poco de sombra brillante, que contrastaba sobre su piel morena. Por último se puso los zapatos y se miró de nuevo, intento elevarse un poco más. Se colocó el escote, guardó todo dentro del bolso y salió del baño, taconeando con paso firme. Bajó al andén y esperó el cercanías. Movía constantemente los pies y se colocaba el vestido cada dos por tres, a la vez que le daba volumen a su salvaje melena. Buscó en el abultado bolso un cigarro y tardó un rato en encontrarlo. Lo encendió. Las piernas le pesaban. El cansancio se apoderaba de ella cada vez más, pero seguía sonriendo y mirando el reloj. Cuando el tren llegó solo había un par de hombres sentados en el mismo vagón, que la miraron detenidamente. Las luces de la ciudad iluminaban la noche y pasaban fugaces como estrellas ante sus ojos. Estuvo un rato mirando como el reflejo de su cara se confundía con ellas y el rojo de sus labios eran el marco perfecto para los grandes edificios de cemento. Una bonita postal pensó. De pronto el sonido del móvil la sacó de sus ensoñaciones y el corazón se le aceleró. Estoy de camino. Si, si… yo también tengo muchas ganas de verte… ¿pero si solo nos hemos visto una vez? Tu también me gustas. Vale. Te veo en la estación. Guardó el móvil y volvió a sonreír nerviosa, mientras pataleaba con los tacones en el suelo del tren y se le escapaba un silencioso grito de felicidad. Aunque solo hubiera sido una noche. Qué más da. Era el hombre de su vida. Lo sabía desde que lo vio. Y todavía no se creía que se hubiese fijado en ella. Era atractiva pero…el era tan elegante, con estudios, con carrera, hablaba y hablaba y ella lo había escuchado sin entender casi nada porque algunas palabras le eran desconocidas, pero lo demás si lo entendió. Las miradas no se explican, se sienten o no se sienten…estaba tan cansada. Apoyó la mano sobre su cabeza y empezó a pensar en sus recuerdos de infancia. En la casita de sus padres, en Brasil, en sus hermanos mayores tirándola del pelo, en su madre cosiendo de noche aquellos preciosos vestidos que nunca a ella nunca le dejaba tocar y luego los veía por la calle cuando iban a la capital usados por señoras de caras amargadas y bocas pequeñas y arrugadas…la cabeza le daba vueltas, sentía un extraño pitido en el oído, se quitó los zapatos y los puso en el asiento vacío de al lado mientras estiraba las piernas y apoyaba la punta de sus dedos en el de enfrente. Bostezó. Pensó en Miguel, en su cara de hombre y su voz de niño, en sus ojos marrones, en las manos que la habían acariciado…nunca pensó que la llamaría. Bostezó de nuevo. Pensó en su jefe. En las órdenes que tenía que recibir todos los días. En el olor a café, en el vapor que salía del fregaplatos al abrirlo, que parecía que la iba envolviendo ahora poco a poco. Cerró los ojos mientras seguían pensando en brasil, ojos marrones, dolor de pies, vestidos de princesa, café cortado con tostadas…Cuando los abrió habían pasado más de dos horas. Estaba aturdida. El rimel se le había corrido. El vestido estaba arrugado, la carrera de sus medias era ahora una gran autopista que cruzaba por entero su pierna derecha y su bolso ya no estaba. Se echó a llorar, pero enseguida se secó las lágrimas. Bajó en la estación con los zapatos en las manos y esperó en la parada del autobús que la llevó de vuelta a la realidad. Cuando llegó al portal de su casa, antes de entrar tiró los zapatos en el contenedor de al lado. Demasiado bonito para ser verdad, pensó mientras se metía en cama y sonaba el despertador. Hoy tenía que llegar media hora antes.

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