
Miercoles vino Lau. Me perdí la borrachera del sábado anterior, la plaza de toros y demás deseos sexuales que dan rienda suelta en cualquier rincón. Me hubiera encantando verlo. Por lo demás la dandy que vino del este me dejó momentos inolvidables como siempre, directa desde Barcelona con sus zapatitos de princesa y yo esperando bajo la lluvia. Una noche memorable, de esas que hacen que parezca que hace millones de años que no nos vemos. De esas que hay que llamar a Cristona a las ocho de la tarde cubata en mano. De esas que no recuerdas al día siguiente cuando te despierta en una nube de humo. Lau es así. Ni siquiera recuerdo cuando la conocí porque parece que ha estado siempre ahí. No habría veranos que perderse sin ella. No habría Peñas, ni Ortigueira, ni Socorrito, ni Cíes sin ella. No habría llamadas de auxilio desde un aeropuerto, ni consejos que me salvan de lanzarme al vacío. No habría pies descalzos ni sueños empapados de ilusiones que algún día se harán realidad. Al final conseguimos juntarnos las tres el sábado noche en una terraza y hablar de lo insoportables que son los hombres y los telefonillos, esa clase de cosas. Lo echaré tanto de menos...
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